matanza de animales y porque soy vegetariano
El principal interrogante en relación con las dietas vegetarianas ha sido, hasta no hace mucho, si suprimir la carne y demás alimentos de origen animal podía ser bueno para la salud. Hoy, en cambio, la pregunta es si ser vegetariano es más sano que no serlo. En ambos casos, la respuesta, basada en datos claramente demostrados, sólo puede ser afirmativa.»
Jane E. Brody
New York Times
Cada vez son más las personas que, preocupadas por los evidentes efectos negativos de la alimentación actual sobre la buena salud y la longevidad, se plantean la siguiente pregunta: El cuerpo humano ¿está hecho para seguir una dieta vegetariana o se adapta mejor al consumo de carne?
Para encontrar la respuesta, hay que tener en cuenta dos factores: la estructura anatómica del cuerpo humano, y los efectos físicos del consumo de carne.
Puesto que el acto de comer comienza con las manos y la boca, veamos qué nos revela la anatomía de esas partes del cuerpo. Los dientes del hombre, como los de todos los seres herbívoros, son idóneos para triturar y masticar sustancias vegetales; el ser humano carece de los colmillos afilados que caracterizan a los carnívoros y que les sirven para aferrar y desgarrar la carne. Generalmente, los animales carnívoros ingieren su alimento sin masticarlo, de modo que no tienen necesidad, ni de molares, ni de mandíbulas con movilidad lateral.
Además, la mano del hombre, sin garras afiladas y con un pulgar opuesto a los demás dedos, es más apta para sujetar frutas y verduras que para cazar y dar muerte a sus presas.
La digestión de la carne
Una vez en el estómago, la carne necesita, para su digestión, de unas secreciones de jugos gástricos con un alto contenido de ácido clorhídrico. El estómago de los hombres y de los animales herbívoros produce ácidos veinte veces más diluídos que los generados por los carnívoros.
Otra diferencia fundamental entre el carnívoro y el vegetariano se da en el tracto intestinal, donde tiene lugar la última fase de la digestión, que permite el paso de los elementos nutritivos a la sangre. Un trozo de carne no es otra cosa que un resto de cadáver, cuya putrefacción crea residuos venenosos en el interior del cuerpo, y que, por lo tanto, debe ser eliminado rápidamente. Los canales alimentarios de los carnívoros, que no superan en longitud el triple de la longitud del cuerpo, facilitan esa eliminación; en cambio, los canales alimentarios del hombre y de los demás seres no carnívoros son de unas doce veces la longitud del cuerpo. En estos largos canales, la carne permanece mucho más tiempo y se descompone rápidamente, dando lugar a infinidad de efectos tóxicos muy peligrosos para la salud.
Entre los órganos más atacados por esas toxinas están los riñones, cuya función vital es la eliminación de los productos de desecho de la sangre, y que con el consumo de carne reciben una sobrecarga de compuestos venenosos. Incluso un consumidor de carne moderado somete a sus riñones a un trabajo tres veces más intenso que el que soportan los riñones de un vegetariano. Una persona joven puede resistir esa sobrecarga, pero el paso del tiempo aumenta en forma notable el riesgo de trastornos y enfermedades de orden renal.
Trastornos cardíacos
Otro indicativo del carácter antinatural del consumo de carne viene del hecho de que el cuerpo humano es incapaz de asimilar una ingestión excesiva de grasas animales, a diferencia de los animales carnívoros, que pueden metabolizar grandes cantidades de colesterol y grasas sin por ello sufrir consecuencias negativas. Se han hecho experimentos con perros a cuya dieta se añadió, por un período de dos años, una cantidad de 200 gramos diarios de grasa animal, sin que por ello se apreciase el menor cambio en su tasa de colesterol.
Los animales vegetarianos, en cambio, tienen una limitada capacidad de asimilar colesterol o grasas saturadas más allá de la cantidad exigida por su cuerpo; cuando alguien se excede durante años en el consumo de esos elementos, los depósitos grasos (placas) acumulados en las paredes internas de las arterias acaban causando el endurecimiento arterial; es la enfermedad conocida normalmente con el nombre de arteriosclerosis. Los depósitos de grasa impiden el flujo normal de la sangre al corazón, con lo que aumenta peligrosamente el riesgo de ataques cardíacos, infartos y embolias.
Ya en 1.961, el Journal of the American Medical Association confirmó que el 97% de las enfermedades cardíacas, que causan más de la mitad de las muertes por enfermedad en los Estados Unidos, podrían haberse prevenido con una dieta vegetariana
Cáncer
Una prueba adicional de que el intestino del hombre no es apto para digerir la carne la aportan los numerosos estudios que establecen una estrecha relación entre el cáncer de colon y una dieta rica en carne.
Las causas de la enfermedad, en este caso, deben referirse al alto contenido de grasas y a la falta de fibra de la dieta en sí, que provocan un tránsito lento por el colon, donde las sustancias tóxicas tienen todo el tiempo necesario para provocar sus efectos dañinos. La Dra. Sharon Fleming, del Departamento de Ciencias de la alimentación de la Universidad de California en Berkeley, explica: «Una dieta rica en fibras ayuda en la prevención de los cánceres de colon y recto». Por otra parte, es un hecho conocido que la carne, en su proceso digestivo, produce esteroides metabólicos de propiedades cancerígenas.
Con el avance de los estudios científicos, se ha podido comprobar la preocupante correlación entre la dieta carnívora y otras formas de cáncer. En 1.983, la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, declaró que «…se podrían prevenir muchas formas comunes de cáncer si se adoptase una dieta menos rica en grasas y carne, basada principalmente en verduras y cereales».
Algunos de los resultados más sorprendentes en la investigación del cáncer se han revelado en el estudio de las nitrosaminas, compuestos derivados del encuentro de ciertas sustancias naturales presentes en la cerveza, el vino, el té y el tabaco, con aditivos químicos añadidos a la carne para su conservación. La institución americana Food and Drug Administration(FDA) ha definido las nitrosaminas como «…uno de los grupos de sustancias cancerígenas más potentes jamás descubierto, cuyo papel… en la etiología del cáncer en el hombre ha causado creciente preocupación entre los expertos». El Dr. William Lijinsky, del Oak Ridge National Laboratory, realizó experimentos introduciendo nitrosaminas en la alimentación de animales. Seis meses después, comprobó la presencia de tumores malignos en el cien por cien de los animales. «Las manifestaciones cancerosas —señaló— están presentes en todas las partes del cuerpo: cerebro, pulmones, páncreas, estómago, hígado, gándulas suprarenales e intestinos. Esos animales están destrozados por dentro.»
Aditivos químicos peligrosos en la carne
A la carne se añaden habitualmente numerosos productos químicos potencialmente dañinos, de cuya utilización los consumidores no suelen tener la menor información. En el libro Poisons in Your Body, Gary y Steven Null ofrecen una descripción de las últimas técnicas seguidas en las granjas de cría industrial: «A los animales se les mantiene con vida y se les engorda con un continuo suministro de tranquilizantes, hormonas, antibióticos y una cantidad aproximada de 2.700 distintos productos químicos. Ese tratamiento comienza ya antes de que nazcan los animales, y continúa incluso cuando ya están muertos. Si bien esos productos químicos continúan presentes en la carne cuando usted se la come, la ley no exige que se especifiquen al consumidor».
Una de esas sustancias es el dietilstilbestrol (DES), una hormona de crecimiento que se viene usando en los Estados Unidos durante los últimos veinte años pese a que es un agente cancerígeno comprobado. Públicamente denunciado en treinta y dos países como producto muy peligroso para la salud, la industria americana de la carne continúa utilizándolo, probablemente porque la FDA antepone a su peligrosidad el ahorro de más de quinientos millones de dólares anuales que reporta a los productores de carne.
Otro estimulante del crecimiento muy utilizado es el arsénico. En 1.972, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos descubrió que la presencia de ese conocido veneno superaba los límites legales establecidos en el 15% de la producción nacional de aves de consumo. El nitrato y el nitrito de sodio, conservantes químicos que hacen más lento el proceso de putrefacción de las carnes saladas y embutidos, como el jamón, la panceta, el salchichón, las salchichas y el pescado, también son nocivos para la salud. Esos productos se utilizan para dar a la carne el color rojo que se manifiesta cuando entran en contacto con los pigmentos de la sangre y los músculos. Sin ellos, el color natural de la carne, entre gris y marrón, alejaría a muchos consumidores.
Por desgracia, esas sustancias químicas no hacen diferencia entre la sangre de un cadáver y la sangre de un ser humano vivo, de modo que son numerosas las muertes por envenenamiento causadas por la ingestión accidental de una cantidad excesiva de esos productos. Su consumo puede ser nocivo incluso en pequeñas dosis, especialmente para los pequeños y los bebés; por esa razón, el Comité conjunto de la FAO y la OMS de expertos en aditivos alimentarios, creado por las Naciones Unidas, ha dictado un reglamento en el que se lee, literalmente: «En ningún caso se deben añadir nitratos a los alimentos infantiles». A.J. Lehman, de la FDA, ha precisado que «…el margen entre la cantidad de nitrato que se puede ingerir sin riesgo y la que ya resulta peligrosa es muy pequeño».
La ganadería industrial fuerza a los animales a vivir en condiciones poco higiénicas y en un espacio muy reducido, por lo cual se hacen necesarias dosis masivas de antibióticos que, de modo natural, al ser ingeridos con la carne que se come, crean en el interior del organismo humano bacterias resistentes a los antibióticos. La FDA calcula que el uso de tetraciclina y penicilina aumentan en 1.900 millones de dólares al año las ganancias de la industria cárnica, y esto hace pasar a un segundo plano las consideraciones sobre la peligrosidad de esos antibióticos.
También la violencia de la muerte de los animales determina la formación en la carne de otros venenos naturales igualmente fuertes. Esos venenos, unidos a los estimulantes y a las sustancias nocivas que han quedado en la sangre del animal (como, por ejemplo, urea y ácido úrico), suponen otro factor de contaminación de la carne destinada al consumo público.
Enfermedades en la carne
Además de los venenos químicos, la carne transporta muy a menudo las enfermedades de los animales de matadero, que, encajonados en condiciones de escasa higiene y sobrealimentados artificialmente, enferman con mucha frecuencia. En el momento de seleccionar la carne se realizan inspecciones, pero, a causa de las presiones de la industria y del poco tiempo disponible, un alto porcentaje de la carne que se pone a la venta es, muy a menudo, mucho menos sana de lo que los consumidores puedan imaginar.
En 1.972, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos hizo público un informe realizado sobre la carne de animales a los que ya se habían extirpado las partes enfermas. Unas 100.000 vacas presentaban cáncer de ojo, y 3.596.302 tenían tumores en el hígado. Por lo demás, el gobierno americano permite también la venta de pollos aquejados de aersaculitis, un tipo de neumonía que llena los pulmones del animal de moco cargado de pus. Para adaptarse a la normativa vigente, se limpia el tórax de los pollos con tubos aspiradores. Durante esa operación, los aspiradores rompen los pulmones, y el pus se filtra en la carne.
La administración ganadera norteamericana ha sido repetidas veces acusada por la Oficina General de Cuentas de los E.E.U.U., el organismo encargado de controlar las reglamentaciones del país, por su lentitud en establecer el reglamento legal para los mataderos, así como por su excesiva permisividad. De hecho, en importantes compañías distribuidoras de carne empaquetada se encontraron carnes contaminadas de heces de roedores, escarabajos y óxido de hierro. Los inspectores justifican su falta de rigor explicando que, si el reglamento se aplicara estrictamente, no quedaría abierta una sola empresa cárnica.
Alimentación sin carne
Muy a menudo, la palabra «vegetarianismo» causa la inmediata y previsible pregunta: «¿Y las proteínas?». Ante esta pregunta, el vegetariano podría contestar fácilmente diciendo: «¿Y el elefante? ¿Y el toro? ¿Y el rinoceronte?». La convicción de que la carne tiene el monopolio de las proteínas, y de que para estar sanos y fuertes son necesarias muchas proteínas, no son más que tópicos. En la digestión, la mayor parte de las proteínas se transforman en aminoácidos, que el cuerpo utiliza para el crecimiento y la renovación de los tejidos. De los veintidós aminoácidos necesarios, todos menos ocho los puede elaborar el propio cuerpo; los otros ocho aminoácidos «esenciales» son muy abundantes en alimentos no cárnicos. Los productos lácteos, los cereales, las legumbres y los frutos secos son verdaderos concentrados proteínicos; treinta gramos de queso, de cacahuetes o de lentejas, por ejemplo, contienen más proteínas que la hamburguesa o el bistec de cerdo que encontramos en el puesto de comida rápida de la esquina. Un estudio dirigido por los Drs. Fred Stare de Harvard y Mervyn Hardinge de la universidad de Loma Linda compara de forma exhaustiva las proteínas ingeridas por los vegetarianos y los carnívoros. Los dos científicos han llegado a la conclusión de que «ambos grupos sobrepasan en más del doble la cantidad necesaria de cada uno de los aminoácidos esenciales y, para la mayor parte de ellos, la superan con amplios márgenes».
Para muchos occidentales, las proteínas suponen más del 20% de la dieta, casi el doble de la cantidad que aconseja la OMS. Si bien es cierto que la falta de proteínas causa debilidad, también lo es que el cuerpo no utiliza los excesos de proteínas, de modo que se transforman en residuos nitrogenados que sobrecargan los riñones. Los carbohidratos son la fuente primaria de energía para el cuerpo. Las proteínas se utilizan para producir energía sólo como último recurso. En realidad, dosis excesivas de proteínas reducen la capacidad energética del cuerpo. En una serie de pruebas físicas comparativas llevadas a cabo por el Dr. Irving Fisher, de la universidad de Yale, los vegetarianos mostraron una resistencia dos veces mayor que los carnívoros. Reduciendo el consumo de proteínas de los no vegetarianos en un 20%, el Dr. Fisher midió un aumento de su eficiencia del 33%. Muchos otros estudios han confirmado que el aporte energético de una dieta vegetariana es mayor que el de las dietas basadas en la carne. En la universidad de Bruselas, los doctores J. Iotekyo y V. Kipani demostraron que los vegetarianos superaban pruebas de potencia física con una resistencia dos o tres veces mayor que los carnívoros; además, se recuperaban de la fatiga en una quinta parte del tiempo que necesitaban los carnívoros.Continuarä…
un saludo
murari dasa